El mundo del arte mexicano y mundial despide a Pedro Friedeberg, artista plástico y diseñador, quien falleció ayer a los 90 años en San Miguel de Allende, Guanajuato.
Considerado un referente del surrealismo nacional, Friedeberg se destacó por una carrera que abarcó más de seis décadas, marcada por la fusión de escultura, mobiliario y símbolos cargados de fantasía y misticismo. Entre sus creaciones más reconocidas está la icónica “Hand Chair” (Mano-Silla), diseñada en los años sesenta, que permite sentarse en la palma de una mano gigante cuyos dedos funcionan como respaldo, un ejemplo perfecto de su habilidad para combinar funcionalidad y estética surrealista.
De origen italiano, Friedeberg llegó a México en su infancia tras la Segunda Guerra Mundial y, tras estudiar arquitectura en la Universidad Iberoamericana, cambió de rumbo hacia las artes plásticas bajo la influencia de Mathias Goeritz. En 1959 presentó su primera exposición individual en la Galería Diana, y un año después se integró al grupo “Los Hartos”, liderado por Goeritz.
A lo largo de su trayectoria, Friedeberg se mantuvo fiel a su visión artística, rechazando el racional-funcionalismo para dar protagonismo al ornamento, la fantasía y la simbología, inspirándose en corrientes metafísicas, religiosas, hindúes y aztecas. Su obra fue reconocida internacionalmente, con premios en la Bienal de Córdoba y la Trienal de Grabado de Buenos Aires, así como en la Bienal de San Juan, Puerto Rico y la XI Bienal de Gráfica de Tokio, Japón.
Además de pintura y escultura, Friedeberg exploró la escenografía teatral y el muralismo, destacando por su creatividad y su capacidad de sorprender con instalaciones que rompían los límites entre arte y espacio público.
Una de sus últimas apariciones públicas fue la inauguración de la Galería Metro en la estación Bellas Artes, Ciudad de México, en el marco de los 50 años del STC Metro, donde presentó piezas digitales y escultóricas, incluyendo “Dorremifasolandia”, “Teotihuacanización de Mesopotamia”, y la emblemática “Mano-Silla”, en un recorrido que conectaba la Alameda Central con la galería.
El artista definió su obra como:
“El arte es religión para ateos, pasatiempo para incultos y privilegio de cretinos, filosofía para iluminados, meditación de iniciados, y refugio de desesperados o terapia para enfermos… Es confusión de fariseos y deleite de filisteos, relación divina y comunicación sublime, esencia de locura y remanso de cordura…”.
Las principales instituciones culturales del país, como la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, lamentaron su partida, destacando su contribución invaluable a la cultura contemporánea y su influencia duradera en generaciones de artistas.
Con su obra, su visión y su irreverencia, Pedro Friedeberg deja un legado que seguirá inspirando a quienes buscan en el arte un espacio para la imaginación, la libertad y la fantasía.

















