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Calaveritas de azúcar: el dulce ingenio mexicano que mantiene viva la tradición de Día de Muertos

Entre moldes, azúcar y adornos de colores, los artesanos mexicanos convierten un cráneo en una pieza que reúne memoria, identidad y una manera muy nuestra de mirar a la muerte

Foto: Diseño editorial digital

El azúcar se calienta hasta alcanzar el punto exacto; después, la mezcla se vierte en moldes con forma de cráneo, se deja enfriar y comienza el trabajo más delicado: decorar cada pieza con flores, líneas de colores y una sonrisa que parece burlarse de la muerte. En la frente, un pequeño espacio espera el nombre de alguien querido. Así nacen las calaveritas de azúcar, uno de los símbolos más reconocibles de los altares de Día de Muertos.

Su elaboración se relaciona con la técnica del alfeñique, una pasta moldeable a base de azúcar cuyo uso llegó a México durante la época colonial. Con el paso del tiempo, esta técnica se incorporó a las costumbres mexicanas para honrar a quienes ya no están, convirtiendo un dulce en una expresión de memoria y afecto.

Historia e identidad

El simbolismo de las calaveritas también evoca las representaciones de cráneos de las culturas mesoamericanas, como los tzompantlis. Sin embargo, las actuales figuras de azúcar son resultado de un proceso histórico en el que se mezclaron elementos indígenas con técnicas introducidas durante la época colonial.

Cada detalle tiene un sentido: los colores aportan alegría, los nombres convierten las piezas en homenajes personales y su presencia en las ofrendas recuerda que la muerte forma parte de la existencia. Es una manera de mantener viva la memoria familiar sin renunciar al ingenio y al humor que caracterizan muchas expresiones de la cultura mexicana.

La tradición también cambia según la región. En distintas partes del país se elaboran figuras con azúcar, chocolate o amaranto, mientras que otras preparaciones tradicionales incorporan ingredientes como cacahuate, pepitas y miel.

Tradición hecha a mano

En Toluca, Estado de México, el alfeñique tiene un lugar especial con su tradicional feria, donde artesanos exhiben calaveritas y otras figuras elaboradas con técnicas transmitidas entre generaciones.

La temperatura del azúcar, el momento preciso para desmoldar y la habilidad para decorar superficies pequeñas forman parte de un oficio que requiere práctica y paciencia. Aunque no existe una cifra nacional única y reciente sobre cuántas calaveritas se producen cada año, el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) permite consultar datos oficiales sobre la producción de caña de azúcar y otros ingredientes relacionados con estos dulces.

De acuerdo con el reporte del Comité Nacional para el Desarrollo Sustentable de la Caña de Azúcar, México produjo 5 millones 325 mil 181 toneladas de azúcar en la zafra 2025/2026. La cifra dimensiona la importancia de esta agroindustria, aunque no corresponde al volumen destinado a las calaveritas.

En cada calaverita conviven la historia, el trabajo artesanal y la memoria familiar. Sus colores contrastan con el blanco del azúcar y sus sonrisas recuerdan que la muerte también puede representarse sin solemnidad.

Por eso, cuando llegan a los altares en los primeros días de noviembre, son mucho más que adornos: son pequeñas piezas de identidad mexicana. Preservar su elaboración y reconocer a quienes mantienen vivo este oficio es también celebrar el orgullo de una cultura que recuerda a sus muertos mientras celebra la vida.

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