En México, conforme fenece el otoño, con el invierno ya tocando su hombro en espera de turno, la temperatura comienza a bajar, recibimos en los cuerpos de agua a las aves que llegan resguardándose de un frío más intenso, mientras que el sol, que siempre ha regido nuestros destinos más de lo que pensamos, se percibe débil y distante.
Desde que era niño comencé a relacionar esta época con la música de los Beatles. Recuerdo haber ido a la fiesta de 15 años de una de mis primas en Carboneras,Hidalgo, el 8 de diciembre de 1990. Desde los días previos sonaban en la radio las canciones de John Lennon como solista. Y no era para menos, pues descubrí que, quien por muchos era visto como el líder de los muchachos que deleitaron mis oídos desde que yo era un bebé, había sido asesinado 10 años atrás. Mi hermano tuvo a bien grabar míticos especiales televisivos y radiofónicos al respecto, que con los años casi me aprendí de memoria. Desde ese tiempo y hasta hoy, mi hermana Cecilia vive en un eterno enamoramiento póstumo con John, a quien recuerda eternizado con la mano en un audífono y mascando chicle, entre versos de All you need is love.
En otra ocasión, años después, una mañana fría, también invernal, igualmente nos dirigíamos a Hidalgo, y en el microbús que abordamos saliendo de casa sonaba Strawberry fields forever. Siempre relacionaré esa enigmática balada llena de simbolismos con el nebulosa amanecer en que mi mamá y yo emprendimos camino hacia el bosque. Para ese mismo viaje, mi papá me había regalado un cassette negro, en el que se habían compilado varias canciones de los Beatles, muchas de ellas de Abbey Road. Recuerdo que llevaba un walkman de mi hermana Lucía y en él me fui escuchando ese cassette. Mientras el sol comenzaba a bañar los montes por los que subíamos, tenue, tímido y aún frío, justamente sonaba Here comes the sun. Sobre el regreso de ese viaje, me queda un recuerdo amargo. Me encariñé de forma metafísica con aquel cassette, pero no de cuerpo presente, ya que “se perdió” en la casa de mis abuelitos. Circularon entonces algunas versiones de que mis primas gustaban de hacerse con las cintas de visitantes desventurados para grabar encima sus queridos repertorios de Bryndis, Liberación, Temerarios y demás exponentes del género grupero. Yo preferí no comprobar nada por mí mismo.
En una posada magna y preciosa que hicimos en Neza en 1995, en la calle Hemiciclo a Juárez, todos los vecinos se unieron a nuestra procesión con los peregrinos sin importar que fueran las 2:00 de la mañana. Se repartieron vasos de ponche y colación, para después terminar de romper las abundantes piñatas a las 3:30 de la mañana. Esos recuerdos tienen en mi mente la tonada de Happy Xmas (war is over). Durante la tarde, en los preparativos, y como todos los diciembres, mi hermano Pablo la había puesto a tocar en el tornamesa de su mítica consola clásica, junto con Just like starting over, que también relaciono con estas fechas. En esa ocasión nos acompañaba mi entonces cuñado Juan, cuyo gusto por la figura de Lennon lo motivaba a fantasear con que él y mi hermana Leticia eran John y Yoko. De ese amor tormentoso nació mi sobrino Juan Antonio, con quien crecí, reí, soñé y canté, siempre con música de los Beatles de por medio.
Cuando entré a la secundaria, el cambio de casa y el perder la cercanía con mi hermano, quien fue a perseguir sus sueños a Nuevo León, me sumieron en confusión, e inicialmente reprobé muchas materias. Mi anclaje a la realidad era el Club de los Beatles en la estación Universal Stereo. El grueso de la familia me vituperó un poco (así se abordaban esas cosas por entonces), pero mi hermano, para motivarme y alegrarme, me regaló en ese diciembre de 1996 el volumen 2 de la Antología de los Beatles. Y el resto en los diciembres de los dos años siguientes. Con todo ello, seguí adelante.
En otro viaje con mis padres, ya más grande, por ahí del 2001, llevaba un discman y un acervo importante de discos compactos para mi deleite. Fuimos a San Francisco del Rincón, Guanajuato. Eran los últimos días del año y compartiríamos con nuestros parientes, algunos ahora alejados irremediablemente y otros fallecidos; el ritual católico local llamado ‘iluminación’, posterior a las posadas, pero con una estructura parecida a las mismas; con el arrullo al Niño Dios, colación y fruta, muchos rezos, velas, villancicos y con las calles del bajío bañadas por luces de colores. En el camino de regreso, la etérea y melancólica tonada de All things must pass, de George Harrison, puso banda sonora a los parajes desérticos para componer en mis recuerdos un clima lleno de evocaciones; de más sueños invernales. Ya desde entonces George me decía que la luz de la mañana termina siempre por disipar la oscuridad.
En 2007 conocí a Paola, quien se volvería el gran amor de mi vida. Todo pinta para que me tome la palabra cuando le dedico la petición que hace John en la canción Grow old with me: «Envejece conmigo, lo mejor está por venir. Y cuando llegue nuestro momento, nos fundiremos en uno. Que Dios bendiga nuestro amor». No fue difícil hacerme con la simpatía de su familia, también adoradora de los Beatles. Solo tuve que calzarme la correa de mi guitarra y comenzar a cantar Yesterday.
En 2013 nació mi hijo Pablo Adrián. Desde sus primeros días hasta ahora, escuchamos juntos a los Beatles. Hemos transmitido en vivo recitales navideños en los que siempre interpretamos canciones de los fab four. Se volvió nuestra particular tradición acudir a los conciertos de homenaje a John y a George sobre la última parte del año. En 2022 acudimos al cine en 29 de noviembre a ver la proyección del mítico Concert for George, pues quien es el beatle favorito de algunos de nosotros falleció ese mismo día, pero de 2001. En 2023 esbozamos una sonrisa con pinceladas de lágrimas cuando escuchamos, también en los estertores del otoño, la bella Now and Then.
Los lanzamientos de muchos de los recientes discos remasterizados y compilaciones especiales se hacen, no sé si simbólica o casualmente, entre noviembre y diciembre. Abrazamos en este 2025 las nuevas versiones de Free as a bird y Real love, depuradas ahora con técnicas de IA para aislar la voz de John. Y el corazón se vuelve a estrujar con esos versos entrañables mientras, bajo la agonizante luz del atardecer, recuerdo que parte de mí se ha ido para siempre con mi mamá, a quien sepultamos en septiembre de este año, un día después de mi cumpleaños.
John, Paul, George y Ringo son compañeros inseparables en mi vida. Les han puesto letra y música a mis sentimientos y mis recuerdos. Los acordes de sus canciones me evocan besos, abrazos, ilusiones infantiles, juveniles y adultas; caminatas solitarias, atardeceres dorados, mañanas frías, tertulias llenas de amor fraterno o amistad, tristezas, desamores, esperanzas y certezas.
Preparo mi cuerpo y mi mente para la estación fría, me protejo de la oscuridad y de la melancolía. Abrazo con el alma a los que siguen a mi lado, atesoro los recuerdos y la esencia que en mí pervive de aquellos que ya se marcharon. Busco un remanso de seguridad, calidez y serenidad. Y es ahí donde, junto con mis más íntimos recuerdos, me esperan mis cuatro amigos; mis Beatles para el invierno.
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