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Mamá primeriza, por segunda vez

La periodista Zeltzin Juárez, fundadora de este portal comparte sus reflexiones sobre la maternidad.

Ni la primera experiencia, ni los libros descargados en el Kindle, ni las historias consumidas en Instagram te preparan para ser madre por segunda vez. El cuerpo no hereda experiencia. A la mera hora, todas las hipótesis se desmoronan ante los hechos. Al menos, eso es lo que a mí me pasa.

Escribo esto en la sala de espera del Hospital General de Zona 1 del IMSS. Mi mirada está fija en el reloj: aguardo a que el tiempo avance y marque las 18:00 horas, el turno exacto para la cuarta toma de lactancia de mi hijo Juan Pablo.

El balance de nuestro vínculo físico es drástico; desde su nacimiento, el protocolo médico solo me ha permitido sostenerlo cuarenta minutos.

A muchas personas ese lapso quizá les parezca suficiente, pero a mí me pareció muy breve; sobre todo porque desconocía el vuelco que daría el diagnóstico posterior.

La técnica de piel con piel es un privilegio hermoso. Te permite conectar con tu recién nacido de inmediato. Verlo y sentirlo en tu pecho es la sensación más bella del mundo.

Soy periodista y la curiosidad en mí es algo innato. Por eso leí que el contacto directo del bebé con su madre regula la frecuencia cardíaca, los niveles de oxígeno en la sangre y estabiliza la respiración de forma más rápida que una incubadora mecánica, reduciendo notablemente el estrés del nacimiento. Y por eso, aquella separación abrupta me mortificó aún más.

Juan Pablo nació hace ocho días en Médica Sur. Todo fue perfecto: 9.9 de calificación, llanto inmediato y pecho a los pocos minutos. Luego se lo llevaron. A diferencia de Carlos Santiago, que nació en el mismo hospital y me lo subieron al instante, a JuanPa no lo volví a ver hasta el día siguiente.

De pronto, su frecuencia respiratoria se alteró. El dictamen del pediatra fue escueto: el bebé aún tenía líquido en los pulmones. Era cuestión de días para que lo eliminara por sí solo. Ese “es cuestión de días” me confrontó con uno de mis peores defectos: la falta de paciencia. Y, en todo caso, ¿cómo mantener el temple cuando se trata de tu hijo, una extensión tuya, un ser que creció en tu vientre durante nueve meses y de quien, en ese momento, me pedían estar separada por un protocolo médico que ignora cualquier urgencia materna?

Sabía que cada embarazo es diferente. Sin embargo, uno no lo entiende de verdad hasta que lo vive.

Recordé que Juan Pablo había demostrado su enorme fuerza desde el útero. El arranque fue durísimo: las náuseas se multiplicaron por cinco y mi estómago rechazaba casi todo. Pasé cuatro meses en ese ciclo, con un aumento de peso mínimo; con Santi, mi hijo mayor, fue al revés: empecé a ganar kilos de inmediato.

Juan Pablo se amoldó a una madre reportera que no frena. Toleró el impacto de los traslados en carretera, las madrugadas en vela, el trajín de las coberturas y aquellas largas jornadas a pie; pero también cobijado por los abrazos de su hermano mayor.

Afortunadamente, mi cuerpo demostró que podía con eso y más, gracias a una buena alimentación y control prenatal. Pero siendo sincera, esta vez me sentí más estresada y preocupada por las responsabilidades, además de algunas pérdidas y nostalgias que habían golpeado mi alma recientemente. Y, justo por eso, tenía la certeza de que mi JuanPa había sentido todo conmigo; desde el útero, había reclamado su propia identidad.

Pero regresemos un poco. El viernes 19 dejamos Médica Sur. Físicamente había sido dada de alta, pero mi estructura anímica estaba rota: Charly y yo subimos a la camioneta sin el bebé. Volvimos con el bambineto vacío, la ropa de salida intacta y las cobijas guardadas en la maleta. Rompí a llorar. La frase “cuestión de esperar” me taladraba el alma. Al llegar a casa, mi aliciente fue que Santiago y mis padres me esperaban con los brazos abiertos.

Afortunadamente, mi red familiar asimiló el vacío sin necesidad de ofrecerles mayores explicaciones.

Juan Pablo permaneció el fin de semana en Médica Sur, bajo un régimen de alimentación por sonda que me obligaba a suministrar leche materna refrigerada. Inicié una rutina extractora cada tres horas, almacenando el alimento en bolsas de polietileno.

Pero ese era el menor de mis problemas.

El acceso a Neonatología estaba restringido de 10:30 a 11:30 horas; Charly y yo tuvimos que dividirnos en turnos de treinta minutos. El panorama dentro del cunero estaba definido por la asistencia respiratoria y el cableado médico que se enroscaba, como una serpiente, en el cuerpo de nuestro pequeño hijo. Al verlo, sentí una punzada en el corazón.

En la sala de lactancia coincidí con la madre de unos trillizos nacidos a las veintidós semanas de gestación, cuyo peso no alcanzaba el kilogramo. Dos de ellos habían muerto; la única sobreviviente, una niña, ya tenía casi tres meses en el área de cuidados intensivos. Escucharla hablar sobre su rutina diaria de alimentación me dejó sin palabras.

Ella se dio cuenta de que me había dejado pasmada y, para romper el silencio, me preguntó sobre la salud de Juan Pablo y terminó por expresarme un deseo solidario: “Todo estará bien”. Abandoné el hospital el viernes 26 de junio con una certeza estadística: mi hijo, comparado con todas aquellas historias, estaba a salvo.

Viernes 26 de junio.

Volver a casa sin Juan Pablo me dejó un vacío difícil de asimilar. Y es que los meses de desarrollo intrauterino fijan una pauta biológica irreversible; por eso mi ánimo, incapaz de entender la distancia, seguía reclamando su presencia.

Con el vientre todavía abultado y sintiendo un lacerante dolor a cuestas, cada punzada física se transformaba en el testimonio de aquellos últimos meses en los que estuvimos profundamente unidos y, prácticamente, fuimos una sola existencia.

Juan Pablo se movía el doble que Santi; su pulso triplicaba la actividad de mi primer hijo y ese vacío se sentía en la carne. Con el vientre inflamado y el dolor de la sutura, mi propio organismo lo extrañaba, reclamando su presencia y prolongando la ilusión de que el embarazo seguía su curso. La realidad, sin embargo, se impuso el lunes 21, metiéndonos de golpe al quinto día de vida bajo el yugo de la medicación cronometrada, las alertas para el lactario y el viaje permanente a la clínica.

Aquel día el diagnóstico fue durísimo: el progreso respiratorio de mi hijo se había estancado, forzándonos a buscar alternativas. Evaluamos los riesgos y optamos por cambiarlo de institución; gestionamos su ingreso al IMSS a través del programa de seguridad social para periodistas decretado por el expresidente López Obrador.

Tras extenuantes gestiones y el auxilio de verdaderos ángeles que se pusieron en nuestro camino, coordinamos su traslado al Hospital General de Zona 1, que está ubicado justo enfrente del Parque de los Venados.

El traslado fue pasada la medianoche, prácticamente en la madrugada; viajé a su lado en la ambulancia desde Médica Sur. Verlo tan pequeño e indefenso rompió algo en mí y, por lo mismo, no pude contener las lágrimas en todo el trayecto. Lo único que deseaba era abrazarlo fuertemente y llevarlo conmigo a casa.

Sin embargo, sabía que debía quedarse hasta que respirara bien. Al llegar al nuevo hospital revisaron el diagnóstico y lo evaluaron. Cerca de las dos de la madrugada pudo ingresar y lo acomodaron en el área de Cunero Patológico No. 3 (CP03). Ahí se quedó mi niño.

A las 4:15 a. m. me hicieron el cuestionario de ingreso: edad, semanas de gestación, consultas prenatales, peso al nacer y todos esos detalles.

No obstante, la calma de la entrevista se rompió de golpe cuando una enfermera irrumpió con una noticia alarmante: un bebé, en el área de Urgencias, presentaba una fuerte herida en el cráneo e infección tras haberse golpeado en la taza del baño al nacer.

En ese instante, el pánico me invadió; mi corazón se aceleró violentamente y los ojos se me llenaron de lágrimas ante la crudeza del entorno. Al concluir el encuentro, las palabras de la doctora intentaron devolverme el suelo: “Mamita, descanse. La esperamos mañana a las 12 para que alimente a su bebé”. Y agregó: “Debe estar fuerte; su hijo no puede salir si usted está mal. Aquí le haremos estudios y la mantendremos informada”.

Al regresar a la recepción, Charly me esperaba para emprender un retorno a casa marcado por el vacío; cruzamos la entrada de la casa a las 5:30 de la madrugada.

En momentos así, queda claro que solo una madre entiende a otra. Y lo constaté al llegar a casa y sentir que mi mamá nos recibía con el alma abierta. En los brazos de ella, que había estado cuidando a Santi como la gran abuela que es, no pude resistir y volví a llorar.

La tregua en el hogar duró apenas unas horas y, al mediodía, emprendimos el camino de regreso al hospital. Antes de salir de casa, obtuve la fuerza para volver a ponerme de pie entre los brazos de mi primer hijo, quien me abrazó y me regaló un beso, mientras me decía: “¡Mamá, mamá!”. Santi, defino, es mi vacuna más efectiva contra la tristeza.

Al llegar al nosocomio, el personal de Trabajo Social fue muy claro: la prioridad absoluta era que el bebé comiera de mí. Me explicaron la estricta rutina de horarios de visita establecidos a las 12:00, 3:00 y 6:00 p. m., además de la obligación de dejar leche materna almacenada para las tomas de la madrugada o por si la comida llegaba a faltar.

La urgencia por entrar me consumía; el reloj ya marcaba las 3:00 p. m. mientras yo aguardaba en una fila de madres que, al igual que yo, esperaban ingresar al área de cuneros, pero que parecían dominar el proceso a la perfección.

Veo rostros muy jóvenes, de entre 19 y 21 años; otros de 26 o 27; solo un par de nosotras pasamos los 30. Todas reflejamos preocupación, pero también mucho amor.

Al llegar a la entrada, el filtro final consistió en mostrar el pase de Trabajo Social, un papel que especificaba mi nombre, los apellidos del bebé, el área y el número de cunero, llevando anotado al reverso la identidad que nos unía en la espera: “mamá y papá”.

Una enfermera nos desglosó las reglas de ingreso: cabello recogido, sin maquillaje ni joyas, lavado minucioso de manos y uso obligatorio de la bata médica.

En el baño frente a los cuneros, nos desvestimos de la cintura para arriba y nos colocamos la prenda con la abertura hacia el frente. Algunas mamás, que ya llevan días en esto, me sonríen con una expresión que combina la preocupación, el mutuo entendimiento y la ternura. Es un lenguaje silencioso que no necesita de mayores explicaciones.

Al pasar al área médica, contemplar que mi bebé tiene su pequeña nariz conectada a unas cánulas de oxígeno me parte el alma. Pero el dolor pronto se transforma en alegría cuando la enfermera lo pone en mis brazos y siento que me reconoce al instante.

Le cuesta trabajo succionar y, después de algunos intentos, el instinto y la conexión biológica logran triunfar. Me inquieta que haya probado tan poco alimento. Pero al notar mi preocupación, la enfermera me serenó con un argumento que me pareció bastante lógico: JuanPa llevaba cinco días sin probar pecho y, después de todo ese tiempo, su reacción era natural.

Al tener a JuanPa en mis brazos, le hablé y le canté muy bajito, contemplando su fragilidad. De pronto, abrió los ojos y me regaló una sonrisa de reconocimiento antes de empezar a comer; las lágrimas volvieron a asomar en mis ojos, pero logré contenerme para no transmitirle mi tristeza ni mojar su rostro con mi llanto.

Sábado 27 de junio

He conseguido, después de todo, adaptarme a esta nueva dinámica hospitalaria. Desde luego, el costo físico y anímico ha sido enorme y ya resulta evidente. De hecho, al mirarme al espejo, descubro el reflejo de una mujer con ojeras profundas, párpados hinchados y un cabello en total desorden. El glamour, como era de esperarse, ha pasado a segundo plano.

En medio de este desgaste, he aprendido muchas cosas que antes no sabía; y la presencia de Guadalupe, una enfermera que me ayuda a complementar las tomas de JuanPa con mi propia leche, se ha convertido en mi mayor remanso de paz; verla de guardia me alegra porque me permite tomar un respiro.

Definitivamente, hay una belleza profunda en la forma en que las enfermeras velan por los bebés que hay en esta área. Pero no solo eso. También hay quienes, como Guadalupe, no son ajenas al dolor y angustia de las madres. Recuerdo que, desde la primera mañana que pasé en ese hospital, ella intentó persuadirme de tomar un respiro: “Señora, descanse. Se ve muy desmejorada; duerma mientras nosotros los cuidamos aquí”. Aunque me moría de cansancio, le respondí: “no puedo”. Y desde que nació Santi ya lo sabía: una madre jamás vuelve a dormir igual.

La presencia de mi madre siempre ha sido una bendición y, en estos días, ha sido un soporte invaluable tanto para Santi como para mí.

Con un amor silencioso, se encarga de prepararnos desayunos nutritivos y de dejarnos la comida lista, aliviando la carga logística de nuestros regresos. Ella es quien todos los días me alienta a no claudicar.

Santi también llena mis días de alegría. A pesar de que, después del trabajo, suelo llegar a casa extenuada, reservo mis últimas fuerzas para jugar con mi hijo mayor y colmarlo de besos. Por lo regular, nuestra llegada coincide con la hora de su baño. Es tan amoroso y tiene una naturaleza tan afectuosa que mantiene el buen ánimo a pesar de todos los cambios que hay en la vida de unos padres que ejercen una profesión que no respeta horarios.

En las salas de espera del hospital, la solidaridad entre madres se hace presente. Por ejemplo, durante mi estancia, pude hablar con una joven que, tras dos meses de vigilia en el área de cuneros, está completamente exhausta; sin embargo, logra sostenerse en pie gracias a que, según le prometieron, darán de alta a su bebé la próxima semana.

Su historia me confirma que acudir al IMSS o al ISSSTE exige una enorme fortaleza para asimilar tanto sus aciertos como sus profundas deficiencias, un escenario complejo que, sin embargo, no logra intimidarme.

Mi vínculo con las instituciones de salud pública viene de largo aliento: yo nací en un hospital del ISSSTE y, durante mi infancia, acudí a la consulta médica en la Clínica de Medicina Familiar (CMF) Tlalpan. Posteriormente, en mi etapa estudiantil, tuve el seguro médico de estudiantes del IMSS y, a decir verdad, siempre me atendieron bien.

Esta historia familiar se extiende a mi abuela, quien dio a luz a sus cinco hijos en el IMSS y, hasta el día de hoy, todavía asiste puntualmente a sus consultas de seguimiento. Una trabajadora social, mientras conversa con nosotras, admite con honestidad: “Sé que faltan cosas, pero estamos capacitando al personal”.

En medio de las carencias estructurales, reconozco y agradezco una ventaja sustancial frente al sector privado: mientras que en Médica Sur el contacto estaba restringido a solo dos horarios de visita, aquí en el IMSS dan prioridad a la lactancia y al contacto directo. Y está comprobado que los bebés se recuperan más rápido al sentir la presencia, el pulso y el alimento de sus madres.

Por ello, asumimos con riguroso orden el calendario de tomas: de 9:00 a 10:00 a. m., de 12:00 a 1:00 p. m., de 3:00 a 4:00 p. m., cediendo el turno a los padres de 4:30 a 5:50 p. m., para concluir con el bloque final de 6:00 a 7:00 p. m.; un ciclo necesario cuyo cierre, al tener que despedirme de Juan Pablo en la última hora, se convierte invariablemente en el momento más desgarrador del día.

Las noticias del miércoles 24 sobre los dos fuertes sismos que sacudieron a Venezuela me conmovieron profundamente; las redes sociales se inundaron de rescates y de historias de madres que entregaron sus vidas para proteger a sus hijos. Llorar ante semejante tragedia fue inevitable. Sugestionada por aquella fatalidad, una pregunta cruzó por mi mente –ya ven que dicen que la mente es traicionera–: ¿qué sucedería si temblara en México en ese preciso instante? Forzada a cambiar de ideas para proteger mi estabilidad, elevé una plegaria por el pueblo venezolano y también por mi familia.

Domingo 28 de junio

Hoy ha sido nuestro sexto día en el IMSS. Juan Pablo ya tiene doce días de vida, que los ha pasado entre Médica Sur y este hospital del IMSS; doce días sin tenerlo en casa.

Hoy vengo con otra actitud, dispuesta a mantener el ánimo fuerte ante cualquier diagnóstico. Mi fe es grande. Ayer crecieron nuestras esperanzas porque ya pudo pasar la noche sin estar conectado al tanque de oxígeno.

Si continúa así, es probable que lo den de alta pronto. De todos modos, me he preparado para cualquier eventualidad.

Llegamos al día seis en el IMSS. Juan Pablo tiene doce días de nacido; pasamos seis en Médica Sur. Son doce largos días sin él. Hoy vengo con otra actitud, dispuesta a mantener el ánimo fuerte ante cualquier diagnóstico. Mi fe es grande. Ayer tuvimos esperanzas porque pasó la noche sin oxígeno.

Si continúa así, es probable que lo den de alta pronto. De todos modos, vengo preparada para cualquier eventualidad.

Subo las escaleras a toda prisa; el reloj roza las doce del mediodía y no quiero perder ni un solo instante; la lentitud del elevador me obliga a prescindir de él para llegar lo más rápido posible. En ese ascenso, el dolor de la cesárea se disuelve y pasa a último plano, pues la memoria corporal sabe bien que no existe herida más lacerante que la de estar lejos de mi hijo recién nacido.

Al llegar al filtro de entrada, la oficial de seguridad me recibe con familiaridad. Después de tantos días, ha terminado por reconocerme. Registro mi nombre en la bitácora junto al grupo de madres que, entre rostros conocidos y nuevos, aguardan formadas para ingresar.

Dominada por la incertidumbre, pregunto a la mamá de la cuna de al lado: “¿Viniste a la toma de las 9:00 am?”. Me dice que sí. También me confirma que JuanPa continúa respirando por sí mismo, y de que además recibió mi leche con buen apetito. No quepo de alegría.

Cumplimos de inmediato el riguroso protocolo sanitario de lavado de manos, resguardo de pertenencias y la colocación de la bata con la abertura hacia el frente tras descubrirnos el torso en el baño. De pronto, el eco de un llanto a la distancia activa mis alertas; convencida de que se trata de mi hijo, salgo del vestidor a toda prisa, ajustándome la prenda como puedo, en un espacio donde cualquier pudor ha quedado abolido porque todas compartimos la misma batalla.

Entro a Cunero Patológico y me acerco a la CP03. No es mi bebé el que llora; JuanPa duerme plácidamente. Le hablo, se estira y reconoce mi voz. Intenta abrir los ojos, pero tiene el sueño profundo. Lo cargo y la enfermera sonríe, mientras me dice: “Tiene hambre, este jovencito come mucho”.

Me apresuro a estrecharlo contra mi pecho y a besar su cabello, dejando que su aroma inunde mis sentidos; al alimentarlo, confirmo con alivio la complicidad de su sonrisa.

Durante esa primera hora juntos le canto al oído, repitiéndole como un mantra que todo estará bien, que la casa lo extraña y que el regreso está cerca. Mientras veo cómo otras madres reciben sus reportes clínicos, la mujer del cunero contiguo y yo nos quedamos al margen; una residente se acerca a explicarnos que, debido a una emergencia médica, la doctora tuvo que ausentarse y los informes se pospondrán hasta las tres de la tarde.

La espera se ha convertido en mi mayor destreza, una disciplina forzada por las circunstancias. A las 1:10 p. m., el protocolo nos obliga a despedirnos; le cambio el pañal, lo dejo arropado en la cuna y le susurro un beso: “Te veo a las tres, mi amor”.

Salgo de la clínica rumbo al Toks para comer con Charly en medio del bullicio de los dieciseisavos de final del Mundial, un torneo que hoy me resulta completamente ajeno. Aunque miro las pantallas de reojo cuando Charly sintoniza los juegos, mi mente gravita permanentemente entre JuanPa y Santi; me parte el alma pensar en mi hijo mayor, quien asimila este vuelco con su habitual nobleza. Pasó de verme embarazada a recibir noticias de un hermano que aún no conoce, esperándonos en un hogar al que volvemos con las manos vacías; él sigue siendo mi bebé, mi caballero tierno y besucón. Sé que me entiende y me ama. Está ahí con nosotros. Y nosotros estamos para él.

Son las 2:50 p. m. Guardo la laptop, tomo los últimos sorbos de agua y le digo a Charly que lo veo en el hospital.

Es domingo y debo adelantarme para entregar los frascos de leche en el lactario. Al bajar al área que he frecuentado durante los últimos seis días, el personal me recibe con una sonrisa familiar: “¿Viene a dejar leche, mami?”. Respondo rápidamente que sí, lleno el registro de la bitácora, deposito tres porciones y recojo tres envases estériles.

La tranquilidad dominical aligera el flujo hospitalario, permitiendo que el elevador responda de inmediato. En el filtro de seguridad me atiende un oficial distinto que, al leer mi nombre, me dice que es bonito y poco común. Se queja de que ahora usan “puros nombres gringos”. Aquel comentario ligero libera un poco mi tensión y me hace sonreír.

Sigo la rutina de asepsia, me coloco la bata y, antes de entrar al sanitario, observo que mi hijo duerme en la segunda sala. Al notar que algunas madres ya están amamantando en el interior, me cambio a toda prisa en el vestidor para reunirme con él. Tomo en brazos a JuanPa, lo beso con ternura e inicio la toma; en ese instante, abre los ojos y fija su mirada en mí con absoluta atención.

Mientras alimento a mi hijo, sigo con atención el diálogo técnico entre la residente y la doctora recién llegada, aguardando el veredicto sobre JuanPa. La mamá de al lado también aguarda con ansias. El suspenso se rompe cuando, después de unos minutos que me parecen décadas, la doctora entra a la sala y me aborda: “Sra. Juárez, las noticias son excelentes; su hijo lleva dos días estable y completamente libre de oxígeno”.

Su informe descarta el uso de antibióticos o sueros, destaca su gran apetito y confirma la normalidad en las bilirrubinas, asegurando que el egreso es casi un hecho, condicionado únicamente a unos estudios de rutina que nos permitirán firmar el alta mañana a las nueve de la mañana.

La emoción me quiebra la mirada, pero freno el llanto provocado por la vulnerabilidad hormonal de estos días, respondiendo con un sentido agradecimiento. La doctora avanza hacia la otra cuna para también dar buenas noticias.

Sostengo a JuanPa con fuerza, miro a la otra madre y le digo, con la voz temblando de emoción: “Ya falta menos”, recibiendo su asentimiento sonriente. Al final, me sumerjo en el abrazo con mi niño, reteniendo las lágrimas para no mojar su ropa, mientras respiro su aroma y le canto al oído.

En el silencio del cunero agradezco a Dios, plenamente consciente de que este milagro es obra suya y de que estos días difíciles han sido un aprendizaje invaluable; no pido nada más, mi corazón está completo.

Al concluir la hora de visita, asumo con gusto la tarea de cambiarle el pañal a petición de la enfermera de la tarde. También aprovecho el momento para pedirle a otra de las compañeras que, como soy un desastre enrollando, me enseñe el arte de envolver a JuanPa “como taquito”.

Entre risas y paciencia, sigo sus instrucciones, descubriendo que la alegría agudiza el aprendizaje. Mi estado de felicidad me permite dominar la técnica de inmediato.

Bajo al patio principal a las 4:30 p. m. para cederle el turno a Charly y le doy el gran anuncio: “¡Mañana, a las 9 de la mañana, firmamos la salida de Juan Pablo!” La complicidad se enciende en su sonrisa y de inmediato empezamos a organizar el itinerario doméstico. Pensar en su primer baño en casa, en vestirlo con la ropa que compramos con tanta ilusión y en estrenar su habitación nos inunda de una dicha indescriptible.

Multiplico la alegría llamando a mi mamá y a mis abuelos; a Santi le prometo una gran sorpresa en casa y mi papá me confirma que estará en primera fila desde temprano. Sabiendo que el linaje entero lo aguarda, me preparo para la última jornada de las 6:00 p. m., encomiendo su sueño a Dios, tomo el elevador y voy a su encuentro.

Lunes 29 de junio

¡Llegó el día! Me levanto de prisa y me meto a bañar. Esta vez no lloro en la regadera; bueno sí, pero de pura alegría. Hoy me entregan a JuanPa: por fin dormirá en mis brazos, estrenará la ropa y mantitas que preparamos con tanta ilusión, y conocerá a Santi, su hermano mayor. Siento una gratitud infinita hacia Dios por mis hijos, quienes constituyen mi universo entero; Juan Pablo cumple hoy ocho días hospitalizado en el IMSS y doce desde su nacimiento, un periodo de dolorosa separación que hoy llega a su fin.

Al subir a cuneros, comparto miradas con otra mamá en mi misma situación: exhausta pero dichosa. La cita era a las 9:00 a. m., pero los trámites administrativos se retrasan; me obligo a tener paciencia, recordando que la gran espera ya fue superada. Mi papá aguarda en las inmediaciones, ansioso por ejercer su rol de abuelo desde el primer minuto.

Pasan seis horas y, a las 4:30 p. m., tras concluir el papeleo y las recomendaciones de urgencia, me dicen las palabras que tanto ansiaba escuchar: “Ya puede pasar a cambiarlo, mami, para llevárselo”.

Charly espera afuera por el flujo de visitas. Visto al niño bajo la mirada de la enfermera Guadalupe, recojo las cremas sobrantes y me lo entregan en brazos en la puerta de salida, envuelto en cobijas y con su ropa talla cero que le queda inmensa. Digo gracias una y otra vez. Nos unimos a Charly, la policía nos felicita y tomamos el elevador llenos de dicha. Abajo, mi papá nos graba con su teléfono al salir del área. ¡Un momento maravilloso! ¡Gracias, Dios!

Agradecimientos: Al Hospital General de Zona 1-A “Los Venados”: Dr. César, Mtra. Isabel, Srita. Jaqueline, Srita. Elizabeth, Enfermera Guadalupe, Srita. Melina. A cada pediatra que me informó a diario sobre la salud de mi bebé, y a la enfermera que me enseñó a envolverlo de “taquito o chilaquil”. A mi ginecólogo, el Dr. Alfonso Valdés Domínguez, y a la pediatra neonatóloga, Jimena Tsubaki Cifuentes

Escrito por:
Zeltzin Juárez

Periodista. Siempre Reportera 🎤

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