Los artistas representan su mundo, a través de sus emociones. Cada uno hace un retrato de su tiempo, manifestando lo que impacta en su vida, puede exaltar la belleza del paisaje, de las zonas urbanas, incluso de la propia sociedad o puede representar también un momento político para expresar inconformidad de su tiempo.
En México aún existe la cultura tradicionalista la cual utiliza la historia de nuestro país como un ornamento, un objeto lejano que sirve simplemente como un artículo comercial para el que viene de fuera, la gente como artesanía, el pueblo como instrumento de uso y consumo.
Ya lo decía Guillermo Bonfil Batalla en su libro sobre el México Profundo, “es tan enraizado que para muchos es incomprensible, pues seguimos habitando en el imaginario, que es ajeno, utópico e impuesto por visiones externas, es la creación de un país creado a modo de quien no nació en esta tierra”. (si todo lo que está en comillas es mención, que se quede en comillas, si solamente parafraseas, entonces pon el apellido y año)
Los muralistas continuaron con esa lógica de crear un país idealizado, representado como una imagen de adorno que sintetiza, simplifica, da forma y minimiza la historia de México, volviendo a quienes crearon la ideología y valores más profundos en simples ornamentos de lujo para las clases poderosas, como una guía para mantener la historia muerta y el pueblo del presente inamovible en su ideología, alejándonos de las raíces que son verdaderamente profundas.
En esa lógica representativa han surgido grandes pinturas, fotografías e incluso materiales audiovisuales que representan a México como un pueblo que existe solamente en esos materiales, que toma aquello que los creadores consideran representativo de la estética e identidad nacional.
Formas, objetos, colores y símbolos han representado el México del esplendor del Anáhuac siempre en ruinas, el México colonizado con toda la influencia europea y el sincretismo que surgió de ambas, para considerar que esa es la estampa que representa estas tierras.
En ese sentido, nos enfocamos particularmente en el cine nacional, que muestra imágenes icónicas que van generando estereotipos cada vez más distantes de la realidad, muy reconocibles en la pantalla, pero que no se vinculan con el entorno cotidiano, personajes que solo existen en ese universo, pero que saliendo de ahi son parte de las élites que tampoco tienen nada que ver con la realidad, actores y actrices que representan un papel de pueblo, que lo marginan y acotan a significados visuales, pero que terminan caricaturizándolo.
Hay ejemplos, decenas, por mencionar a los más importantes del llamado cine de oro existieron o siguen existiendo personajes como Pedro Infante, Dolores del Río, Jorge Negrete, María Felix, Emilio Fernández, Silvia Pinal, Ignacio Lopez Tarso por mencionar los más representativos, ellos vivieron en el cine como falsos representantes de lo que significa ser mexicano, en su vida real como personalidades atendidas por los verdaderos mexicanos, los que trabajan y les sirven como pertenecientes a monarquías que no nos corresponde, esa servidumbre que jamás se ve representada como identidad nacional, si acaso como una caricatura disfrazada de homenaje como lo vemos en la reciente producción de Alfonso Cuarón llamada Roma, en donde exhibe consciente o inconscientemente el clasismo y menosprecio que vivía la protagonista encarnada por Yalitzia Aparicio, que la utilizaron dentro y fuera de la pantalla como un personaje ficticio, un trofeo para curarse en salud de su falsa conciencia social.
Esto que vemos en pantalla, los creadores que llegan a las masas, están tan perfectamente desvinculados del pueblo como los políticos, de las raíces y de los ambientes cotidianos que verdaderamente configuran México.
Estas élites que representan al país como una caricatura, pero que se alimentan y empoderan de él se extendieron a los monopolios televisivos que ya no solo crean personajes ficticios desvinculados de la realidad, sino que se han ido empedorando, primero ayudando junto con los falsos intelectuales a perpetuar la explotación del sistema de partidos, hasta descaradamente imponer a modo a gobernantes que velan por sus intereses.
Personajes falsos, que no nada más no aportan una representación real de México, incluso se vuelven íconos que mantienen entretenido a un pueblo que no exige demasiado pues desde su gestación les han inventado una historia que no les pertenece, contenidos vacíos e inertes, que en lugar de construir, siguen demeritando la identidad cultural del país dentro y fuera de este.
Y así llegamos al cine contemporáneo que se produce prácticamente como televisión, respondiendo a la tecnología y usos “correctos” de la misma para seguir denostando y degradando lo que somos como pueblo.
Un caso actual que ejemplifica de lo que estamos hablando, es sin lugar a dudas la película dirigida por Luis Estrada, que intenta representar a México, pero termina mostrando el desprecio del realizador por su propio país, la falsa concepción de la realidad que probablemente sea la suya, quizás está representando una verdad familiar, interna o psicológica pero que falsamente le pone México, independientemente de su falsa y débil crítica política, muestra un menosprecio e ignorancia del verdadero México profundo, el autor no solamente se degrada a sí mismo con esta falsa concepción, exagerada y con montajes obvios, caricaturescos, imágenes que pareciera fueron creadas por un realizador novato sin experiencia en el lenguaje cinematográfico, sino que lleva entre las patas, como decimos en México a todo el equipo técnico y a los actores, que como empleados del mismo hacen un papel que es indigno en lo técnico y en lo conceptual de cualquier persona que ame su trabajo.
Intenta representar y enjuiciar, probablemente esa sea su mayor debilidad, porque su manufactura desde el guión hasta los aspectos visuales, resta calidad incluso moral como para hablar en cualquier materia. Adolece de muchas virtudes que anteriormente manejaba, se autoplagia en personajes, ritmos y estructuras narrativas, pero en un tono que pareciera del peor cine de los años ochenta.
Este es un ejemplo más reciente, pero esta tendencia de degradar al pueblo viene desde el surgimiento de la televisión y el cine de nuestro país, el que vende, el que es financiado y apoyado, el que se aleja del cine de autor e independiente, que tiene grandes ejemplos, así como los documentalistas que son fundamentales para exigir y representarnos de una forma honesta.
La degradación es una constante en el cine que protagoniza por ejemplo Eugenio Derbéz, heredero perfecto de lo grotesco que representaba Roberto Gomez en los 80s, que con materiales que buscaban defender a su jefe, Azacarraga Milmo que, a su vez era soldado ciego del priismo, realizando productos que atentaban contra la inteligencia e internacionalizaban lo peor de este país, haciendo creer que nuestro pueblo es estúpido, haragán, ignorante, corrupto, pero vendiéndolo en masas, alimentado por el mismo pueblo, que es carne de cañón para arrastrarlo a ideologías a modo de las oligarquías y que hace uso de él como fuerza de trabajo y como consumidores, pero que lo sigue degradando.
Ejemplos hay muchos, prácticamente todos los productos masivos que llegan a las masas, sea en cine, en televisión, en sistemas de streaming y más recientemente en plataformas de videos, la comunicación no busca construir, simplemente vender y mantener desconectado y desvinculada la pantalla de la realidad, esto con lo que respecta al entretenimiento, que aparentemente es inofensivo, pero que lleva la carga ideológica de quien controla la agenda política y económica del país, hay aún más, que involucra a los medios informativos y culturales, pero de eso hablaremos en el siguiente video.