Una escena inesperada y profundamente conmovedora se vivió en la capilla montada en la Basílica de San Pedro durante el funeral del papa Francisco, cuando una monja decidió romper el protocolo para despedirse personalmente del pontífice.
La protagonista fue Sor Genoveva Jeanningros, de 81 años, integrante de la orden de las Hermanitas de Jesús y reconocida por su trabajo pastoral con comunidades marginadas.
Según el protocolo vaticano, únicamente cardenales, obispos y algunos miembros del clero de los dicasterios estaban autorizados a despedirse del pontífice.
Sin embargo, Genoveva, mochila al hombro y visiblemente afectada, cruzó el recinto de forma discreta y se aproximó al féretro del papa, donde permaneció más de 20 minutos en oración y llanto, sin que los guardias o presentes interfirieran.
Sor Genoveva no era una desconocida para el papa Francisco. Desde el inicio de su pontificado en 2013, ella acudía con frecuencia a las audiencias generales de los miércoles.
El papa la llamaba cariñosamente su “enfant terrible”, debido a su carácter firme y su lucha constante por los excluidos, en sintonía con la visión de una Iglesia cercana a los pobres que él tanto defendía.
Originaria de Francia, Jeanningros ha dedicado su vida a acompañar a personas transgénero, feriantes, migrantes y miembros de la comunidad gitana en zonas periféricas de Roma, especialmente en Ostia.
Su labor ha sido reconocida por diversos colectivos sociales, y en múltiples entrevistas ha declarado que su misión es “vivir el Evangelio desde abajo, al lado de quienes más sufren”.
El gesto de Sor Genoveva no solo llamó la atención por su audacia, sino que reflejó el vínculo humano y espiritual que compartía con el papa Francisco. Su despedida improvisada se ha viralizado en redes sociales, siendo interpretada como un símbolo de la Iglesia que él soñó: libre, cercana y profundamente humana.















