El sol vuelve a brillar sobre las calles de Álamo, Veracruz. Sin embargo, el brillo no alcanza a borrar el dolor que dejaron las inundaciones del pasado 10 de octubre.
Las paredes aún muestran la marca del agua, las banquetas siguen cubiertas de lodo y el olor a humedad persiste como un recordatorio silencioso de todo lo que se perdió. Familias enteras quedaron sin hogar, cientos de casas fueron destruidas y las calles que antes estaban llenas de vida, hoy están cubiertas de escombros y recuerdos.
Zeltzin Juárez, directora de Comunicación de Noticias de Frente, recorrió los municipios de Poza Rica y Álamo, documentando no sólo la magnitud del desastre, sino la fuerza de un estado comprometido y solidario que demuestra que el pueblo salva al pueblo.
Las escenas son duras, pero también profundamente humanas. Soldados, jóvenes y voluntarios trabajan bajo el sol, retirando toneladas de lodo.
Mujeres mayores sostienen paquetes de ayuda con las manos aún temblorosas.
Niños corren entre los escombros con la misma energía de siempre, recordándonos que la esperanza es más fuerte que cualquier tormenta.
“Lo más importante ahorita es tener algo para comer, ropa, cobijas… todo se nos fue”, relató una vecina mientras trataba de limpiar lo poco que pudo rescatar.
“El agua casi tapó la casa. Pensamos que no iba a subir, pero subió. Fue cuestión de minutos. Cuando quisimos reaccionar, ya estábamos nadando entre el lodo”, explicó.
El río Pantepec, desbordado tras las lluvias atípicas, cubrió más de 230 colonias.
Las autoridades estiman que miles de personas fueron afectadas, y aunque el nivel del agua ya bajó, las secuelas permanecen.
Trabajos continuos
El Teniente Coronel Erasto Gutiérrez Gutiérrez, de la Guardia Nacional, explicó que:
“Se están retirando entre 18 y 20 toneladas de lodo y escombro diariamente. Ya hemos avanzado un 85 % en el retiro en la colonia Pantepec”.
Sin embargo, detrás de las cifras hay historias que no aparecen en los reportes oficiales: la de la señora que perdió su pequeña tienda, la del joven que no ha podido regresar a la escuela porque su mochila y sus libros desaparecieron entre el agua, la de los abuelos que ahora duermen sobre cartones, esperando que la ayuda llegue hasta su comunidad.
“Es triste ver a la gente pedir ayuda, pero también muy satisfactorio poder servirles”, compartió el sargento Martínez, de apenas 24 años, originario de Cuernavaca.
“Al final, todos somos pueblo.Y cuando uno ve la mirada de gratitud de una persona a la que le das un plato de comida, entiendes por qué estás aquí”.
En medio del desastre, resurge lo mejor de México. Personas que no se conocen se ayudan como si fueran familia. Vecinos comparten lo poco que tienen.
Y cada acción, por pequeña que parezca, se convierte en un acto de resistencia y amor…
“Lo que vimos en Álamo y Poza Rica fue devastador, pero también inspirador”, dijo Zeltzin Juárez.
“En cada mirada cansada hay un brillo de esperanza. En cada calle cubierta de lodo hay una historia que merece ser contada.México no olvida a su gente”.
Hoy, entre montones de ropa húmeda, entre el silencio y el eco de las risas de los niños, algo renace. Renace la certeza de que la solidaridad mexicana es más fuerte que cualquier tormenta.
Porque aunque muchos se quedaron sin donde dormir,, como dijo una vecina al despedirse del equipo de Zeltzin: “Nos quedamos sin casa… pero no sin corazón.”





















