El segundo domingo de agosto ya no será un domingo cualquiera para quienes trabajan y viven de la tierra. A partir de este año será el Día Nacional de la Reforestación, una fecha que busca convertir la recuperación de los ecosistemas en una tarea permanente y que tuvo su primera jornada el pasado 9 de agosto, con participación de las 32 entidades del país.
La idea va mucho más allá de plantar árboles durante un día. También busca recordar algo que suele perderse entre discusiones políticas: el medio ambiente nos afecta a todos.
Y quienes mejor conocen esa realidad son muchas de las personas que viven del campo.
Son campesinas y campesinos que dependen de que el suelo conserve su fertilidad, de que haya agua y de que las condiciones ambientales permitan que una cosecha llegue a buen término. Para ellos, cuidar la tierra no es una moda ni una fecha en el calendario: es parte de su vida cotidiana.
Durante la primera jornada participaron alrededor de 235 mil personas. Entre ciudadanos, comunidades, productores, brigadistas y autoridades se establecieron 6.6 millones de árboles y plantas, además de dispersarse un millón de semillas en más de 32 mil hectáreas.
Las semillas llegaron a bosques templados y nublados, selvas húmedas y secas, matorrales, pastizales, manglares y zonas agrícolas. También se realizaron acciones en 17 Áreas Naturales Protegidas y 17 Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación.
En las zonas más difíciles de alcanzar, más de 660 mil semillas fueron dispersadas mediante drones.
Para muchas familias, recuperar la tierra es recuperar una oportunidad
La reforestación se conecta con el trabajo que miles de campesinos realizan durante todo el año mediante Sembrando Vida.
El programa busca que las familias rurales puedan producir alimentos y, al mismo tiempo, recuperar los terrenos donde trabajan. En una misma parcela pueden convivir maíz y otros cultivos tradicionales con árboles frutales y maderables.
Al 19 de agosto, había 417 mil 731 personas beneficiarias activas, 93.87 por ciento de la meta anual. Las mujeres representan 33.44 por ciento de ese padrón.
Pero quizá uno de los cambios más importantes está ocurriendo después de la cosecha, y es que los productores buscan que su trabajo deje de venderse únicamente como materia prima y pueda convertirse en productos con mayor valor. Actualmente se reportan 4 mil 590 productos transformados, entre alimentos, bebidas, artesanías, productos de belleza y bioinsumos.
Para quienes viven de la agricultura, eso significa una posibilidad concreta: que el esfuerzo de meses trabajando la tierra pueda traducirse en mejores ingresos para sus familias.
Hay productores que incluso han tenido la oportunidad de conocer mercados y experiencias fuera de México y regresar con una meta clara: encontrar la manera de que aquello que producen en sus comunidades pueda venderse mejor.
El ambiente y el campo no son historias separadas
Sembrar un árbol ayuda a recuperar un ecosistema, pero también puede formar parte de una estrategia para conservar agua, reducir la erosión y mejorar las condiciones de los terrenos agrícolas.
Por eso, la reforestación y el trabajo campesino están cada vez más relacionados.
Durante 2025, las comunidades participantes en Sembrando Vida produjeron millones de litros y kilos de bioinsumos para mejorar los suelos y reducir el uso de productos químicos. También se han construido jagüeyes y realizado trabajos de conservación de suelo.
El objetivo es que la tierra pueda seguir produciendo sin quedar agotada.
Porque cuando un suelo se pierde, no solamente desaparece una parcela productiva. También se pone en riesgo el ingreso de una familia, la alimentación de una comunidad y una forma de vida que ha pasado de generación en generación.
Un día para recordar que la tierra también necesita de nosotros
La nueva fecha ambiental no resolverá por sí sola el cambio climático ni la pérdida de biodiversidad. Tampoco basta con plantar millones de árboles si después no existe quien los cuide.
El verdadero reto comienza después de la jornada: que las plantas sobrevivan, que los suelos se recuperen que las comunidades tengan herramientas para conservarlos y que quienes trabajan el campo puedan vivir dignamente de lo que producen.
Por eso, el segundo domingo de agosto puede convertirse en algo más que una celebración.
Puede ser un momento para detenernos y mirar de dónde vienen los alimentos que llegan a nuestra mesa, quién trabaja la tierra y qué estamos haciendo para que esa tierra siga ahí mañana.
Porque detrás de cada árbol plantado hay una persona que puso tiempo, trabajo y esperanza en algo que tardará años en crecer.
Y detrás de cada campesino que busca recuperar su parcela hay una familia que también está apostando por el futuro.
Esta vez, la tarea no es solamente sembrar. Es aprender a cuidar lo que estamos sembrando.










































