El organismo rector del fútbol mundial, la FIFA, y su controvertido presidente, Gianni Infantino, han desatado una ola de rechazo luego de conocerse sus intenciones de vender una participación significativa de las operaciones comerciales del Mundial a inversores privados.
El proyecto contempla la creación de una nueva entidad denominada FIFA Forward Enterprise (FFE), que agruparía todos los rubros rentables del torneo —derechos de transmisión, patrocinios, venta de entradas y licencias— y ofrecería un paquete accionario a fondos de inversión. La FIFA valora este negocio en unos 20 mil millones de dólares.
Tras la filtración de la información el martes, la FIFA confirmó que trabaja con el banco estadounidense JP Morgan para estructurar la operación. Además, Thrive Capital, firma fundada por Joshua Kushner —hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump—, lidera la búsqueda de inversores.
Las reacciones no se hicieron esperar. La UEFA, entidad que rige el fútbol europeo, calificó el plan como inaceptable y recordó que “el fútbol no es propiedad de la FIFA para venderlo”. En un comunicado, señaló que “esto cruza una línea que ninguna institución del fútbol debería traspasar. El alma y la gobernanza del deporte no son activos negociables, menos aún sin transparencia sobre quiénes se benefician económicamente”.
El primer ministro británico, Andy Burnham, se sumó a las críticas en redes sociales: “El fútbol no pertenece a los inversores, sino a la gente que llena las gradas y está en las canchas cada fin de semana, llueva o truene. El Mundial no es un producto; es la competición más grande del deporte mundial y nunca fue de nadie para vender. Pueden vestir el negocio como quieran, pero una vez que vendes una parte, te has vendido”.
Desde la FIFA defienden la iniciativa asegurando que podría generar 10 mil millones de dólares adicionales para sus 211 federaciones miembro. De aprobarse, el financiamiento anual para cada asociación pasaría de 8 a 20 millones de dólares, una cifra clave para la mayoría. Infantino lo justificó como una vía para “democratizar el fútbol a nivel mundial” y repartir mejor la riqueza generada por el torneo.
Sin embargo, muchos interpretan la maniobra como un simple afán de lucro. La FIFA e Infantino ya habían sido cuestionados por la excesiva comercialización del Mundial 2026 —celebrado en Estados Unidos, Canadá y México—, con la expansión a 48 equipos, reventa de boletos y polémicas pausas por hidratación que permitieron más publicidad. Se estima que ese torneo dejó ingresos récord superiores a 15 mil millones de dólares.
El vínculo familiar de Joshua Kushner con el presidente Trump añade un posible conflicto de intereses. Infantino ya había mostrado cercanía con el mandatario al crear el “Premio FIFA a la Paz” y otorgárselo a Trump en diciembre, luego de que este se quejara por no haber ganado el Nobel. Además, la UEFA denunció que la FIFA intervino para anular una tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun durante el último Mundial, tras una llamada de Trump a Infantino.
Esta semana, el congresista Jamie Raskin, máximo demócrata en el Comité Judicial de la Cámara de Representantes, abrió una investigación sobre los vínculos entre Infantino, la FIFA y la administración Trump.















