Crecí en Nezahualcóyotl, Estado de México, rodeado de una comunidad sumamente práctica en lo que a comunicación se refiere. En aquellos años 90, las costumbres eran muy distintas en cuanto al divertimento infantil. En esos barrios de periferia, producto de la migración campo ciudad, era muy común que los niños pasaráramos la mayor parte del día en jugando en la calle, poniéndonos en contacto con un registro de la lengua que podía resultar agreste y soez. Uno de los primeros choques culturales que experimenté fue precisamente el notar la diferencia entre el léxico cotidiano al interior de mi familia, el que escuchaba en la calle y el que yo, de manera particular, adquirí gracias a mi exposición al material televisivo con doblaje, mayoritariamente caricaturas.
Aunque mis padres eran de provincia, el tiempo que llevaban viviendo en la Ciudad de México hacía imperceptibles ya las reminiscencias de sus respectivos acentos regionales, por lo que, en general, nuestro hogar manejaba un registro estandarizado, pero a la vez enriquecido con el léxico adquirido en los libros que mi papá desde siempre se preocupó por proveer (enciclopedias, cursos de inglés, diccionarios, monografías, novelas), otros de los que mi hermano comenzaba a hacer acopio, así como de vocablos adquiridos por él y mis hermanas, pues durante mi infancia, todos cursaban el nivel medio. Asimismo, había un muy marcado afán de diferenciarnos del resto de nuestros vecinos, a partir de no decir groserías; solo mis papás las tenían permitidas. A día de hoy, me siguen pareciendo innecesarias en el núcleo familiar.
Por el tiempo que yo pasaba en casa mientras el resto estudiaba más lejos, y sin el mismo gusto por la calle que mis amigos de la época, mi principal fuente de entretenimiento era la televisión abierta. Eso sumado al factor familiar antes relatado, propició que desde niño mi léxico fuera más amplio que el del resto de niños con quienes yo convivía, tanto en el barrio, como en la escuela. El uso de expresiones que no eran típicas de un niño de mi entorno, y probablemente tampoco de uno de mis condiciones económicas, en algunos casos me hacía ver como una especie de adelantado, pero en otras, ante personas menos tolerantes, me hacía parecer como loco. No pocas veces me lo dijeron tal cual algunos personajes callejeros de mayor edad. Ahora pienso que lo hacían un poco desde el resentimiento social.
Con el tiempo fui desarrollando mayor olfato y criterio para hacer un uso menos marcado y más equilibrado de las expresiones adquiridas en las múltiples manifestaciones culturales a las que he tenido la oportunidad de estar expuesto. Nunca vi venir que en estos tiempos toda una generación normalizaría aquel llamado ‘español neutro’ que se utiliza en el doblaje, ni que dicha disciplina se convertiría en una especie de objeto de culto, y sus practicantes serían elevados a superestrellas.
El doblaje es básicamente una actuación de voz que se utiliza para adaptar un producto audiovisual a una lengua distinta de la original. Se inició en 1938, al menos en México, con la película Blancanieves y los siete enanos, producida por Walt Disney. Se distribuyó en los cines del territorio latinoamericano con voces en español proporcionadas por actores mexicanos. Desde esa época a la fecha, se vino dando una evolución y perfeccionamiento en todo lo referente al doblaje, particularmente en México, donde se volvió toda una industria a la cual se le dio prioridad por parte de los estudios estadounidenses, de manera que, durante al menos seis décadas, el grueso de los productos audiovisuales en lengua no española que se distribuyeron en toda Latinoamérica, fueron doblados en México.
Sin embargo, y ya que hay muchísimo material acerca de la historia del doblaje, cotilleo sobre los actores, los productos a doblar, polémicas y demás asuntos que conlleva el que una industria se vuelva popular y cuente con una importante legión de seguidores, lo que nos compete en este artículo es hablar sobre sus particularidades lingüísticas. Se trata de un fenómeno interesante que ha traído al imaginario colectivo latinoamericano la noción de que existe un ‘español neutro’. Esa versión idealizada del español, en la que no hay cabida para incorrecciones y que supuestamente podría ser entendida por cualquier hablante de español sin importar la región, sobra decir que en los hechos no existe. Las distintas variantes del español son producto de circunstancias históricas, económicas y sociales. Ninguna de estas variantes, también llamadas dialectos, se puede postular como la ideal. Sin embargo, tener un acento distinto al de la Ciudad de México, es algo que se debe ocultar para estandarizarse. Existen en la actuación, que es la base del doblaje, talleres y cursos para “suprimir el acento”.
Por otra parte, el trabajo de traducción y adaptación en el doblaje se ha caracterizado por ser en general bastante deficiente. El doblaje ha sido desde sus inicios una industria bastante cerrada, al grado de que, a día de hoy, hay actores que ya son tercera generación en el rubro; nietos de pioneros. Por ello, en ocasiones no son precisamente profesionales con la formación más completa quienes se encargan de traducir los guiones de los productos doblados. Esto, aunado al ya mencionado fenómeno de la siempre buscada estandarización, ha llevado a que se evidencien muchos errores que son producto de una traducción deficiente, de no entender el contexto, de no asimilar correctamente los falsos cognados, o de utilizar formas expresivas que en México pudieran ser bien entendidas, pero no en otras latitudes, o viceversa; por lo que se busca una especie de punto medio arbitrario que termina por acentuar demasiado las diferencias entre el español cotidiano y aquel que se utiliza en el doblaje.
A continuación, propongo un listado que muestra cómo ciertas expresiones, al ser adaptadas de forma imprecisa, se vuelven signo distintivo del ‘español neutro’ y solo son funcionales dentro de ese contexto, o al menos así era hasta antes de que fuera cada vez más recurrente el comunicarse con expresiones aprendidas a través del doblaje. Sea como fuere, muchas de ellas podrían tener una traducción o adaptación mucho más precisa y funcional de la que pocas veces se echa mano en los productos doblados. Eso se evidencia en la tercera columna. Esa disparidad entre la adaptación más adecuada y la que aparece en el doblaje, es lo que me hacía parecer un bicho raro en mi barrio de origen.
| Original en inglés | Como suele aparecer en el doblaje | Con una buena adaptación |
| What was I suppossed to do? | ¿Qué se suponía que hiciera? | ¿Y qué iba yo a hacer? / ¿Y qué querías que hiciera? |
| Oh, my God! | ¡Oh, mi Dios! | ¡Ay, Dios mío! |
| Oh, it’s so nice! | ¡Oh, es tan lindo! | ¡Ay, está bien bonito! |
| We’re just pretending we sing. | Solo estamos pretendiendo cantar. | Solo fingimos que cantamos. |
| Today I feel miserable. | Hoy me siento miserable. | Hoy ando bien triste. |
| Your mom says hello. | Tu mamá dice hola. | Te manda saludar tu mamá. |
| I used to play here with my friends. | Yo solía jugar aquí con mis amigos. | Aquí jugaba con mis amigos. |
| You look tired | Luces cansado | Te ves cansado |
| You’d better rest | Mejor deberías descansar | Más vale que descanses |
| jelly | jalea | mermelada |
| peanut | maní | cacahuate |
| chili | ají | chile |
| sandwich | emparedado | sándwich |
| hot dog | perro caliente | hot dog |
| ketchup | salsa de tomate | cátsup |
| gift | obsequio | regalo |
| Christmas Eve | Víspera de Navidad | Nochebuena |
| sweet potato | patata dulce | camote |
Cabe aclarar que, dado que el inglés es una lengua aislante que tiende a tener palabras una o dos sílabas en su mayoría, los adaptadores y traductores, a sabiendas de que no están proponiendo la versión más adecuada, tienen que hacerlo así por el factor del lipsync, es decir; la sincronización de labios. Aunque ciertamente no es en todos los casos, y en muchos de ellos simplemente opera el criterio de que así se acostumbra traducirlo en el medio.
Desde que los contenidos televisivos que hicieron época, se han podido conservar en la red, reproducirse a placer, ser centro de discusión y material para hacer memes, y ha dejado de ser vergonzante utilizar ese ‘español neutro’ del doblaje. Incluso se ha convertido en lingua franca de algunos sectores sociales, como el grupo de los denominados otakus o geeks, consumidores de anime o productos de la cultura pop en general, que crecieron escuchando doblaje y han podido formar comunidades gracias a las redes sociales. Lo que antes era un elemento disonante de la comunicación (lo que me tocó experimentar en mi niñez), ahora se convierte en un signo distintivo y normalizado por parte de un sector que ha sido convenientemente capitalizado por una industria cultural que sigue siendo proveedora de material de consumo.
Este fenómeno lingüístico potenciado por los medios masivos de comunicación, no solo en su modalidad tradicional, sino también en la de redes sociales, viene a reforzar la hipótesis de que tal vez necesitemos un paradigma que tome en cuenta nuevos elementos. Al menos en mi experiencia de estudio de la lingüística como carrera hace casi 20 años, el factor mediático no era tomado en cuenta de manera significativa. Sin embargo, a la luz de los tiempos que corren, en que la lengua se ve impactada por la interacción en tiempo real y sin barrera geográfica, el factor mediático se vuelve cada vez más relevante, pues, con los elementos con que actualmente cuenta la lingüística, a veces resulta muy difícil analizar el ritmo frenético de evolución de su objeto de estudio.
YouTube: Al Aire con Miguel Martín
Facebook: Miguel Martín Felipe Valencia















