Cuando octubre comienza a despedirse y las primeras ofrendas toman forma, algo se mueve sobre los altares: pequeñas banderas de colores que parecen cobrar vida con el viento. Son de papel, pero para muchas familias mexicanas representan mucho más que un adorno. En medio de veladoras, cempasúchil y fotografías, el papel picado forma parte de ese escenario donde la memoria de quienes ya partieron vuelve a ocupar un lugar en casa.
¿Y si el viento que atraviesa sus figuras fuera también un recordatorio de que hay ausencias que nunca terminan de irse?
La creencia de que los difuntos regresan simbólicamente para visitar a sus seres queridos es parte de la riqueza cultural del Día de Muertos. Aunque no existe evidencia de que el papel picado tenga poderes sobrenaturales, su presencia en las ofrendas alimenta esa atmósfera de misterio que cada año envuelve a México durante estas fechas.
De la habilidad artesanal a un símbolo del Día de Muertos
Aunque hoy parece inseparable de las ofrendas, el papel picado no es una reliquia prehispánica. La celebración del 1 y 2 de noviembre tiene antecedentes católicos europeos, mientras que las prácticas de homenaje a los difuntos en México incorporaron tradiciones indígenas y elementos que se transformaron con el paso de los siglos, explica el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
La historia de esta artesanía está estrechamente ligada a San Salvador Huixcolotla, Puebla, localidad reconocida como uno de los grandes referentes de su elaboración. De acuerdo con la información de la Secretaría de Cultura, a través del Centro de Información y Documentación Alberto Beltrán, el oficio forma parte del patrimonio de las culturas populares mexicanas y cuenta con una historia y técnicas propias que se han transmitido entre artesanos.
Con papel de china, plantillas y herramientas de corte, los artesanos crean composiciones que requieren precisión y paciencia. Al superponer varias hojas, pueden recortar diseños complejos que, al desplegarse, revelan calaveras, flores, aves, figuras geométricas y escenas de la vida cotidiana.
Cada perforación importa: el papel debe ser lo suficientemente delicado para dejar pasar la luz y el aire, pero resistente para sostenerse como una pequeña obra de arte.
El misterio que se esconde entre sus colores
En las ofrendas, el papel picado suele asociarse con el aire, uno de los cuatro elementos que tradicionalmente se representan en muchos altares. Su movimiento recuerda que, aunque no podamos ver el viento, sí podemos percibir su paso.
Esa imagen encaja con el sentido simbólico de estas fechas: la presencia de quienes ya no están físicamente, pero permanecen en las historias, las fotografías, las recetas y las costumbres que dejaron a sus familias.
Los colores también construyen el ambiente. El morado, el naranja, el amarillo y el rosa iluminan los altares y contrastan con la oscuridad de la noche. Los motivos cambian de una pieza a otra, pero las calaveras y las flores mantienen viva una estética que México ha hecho reconocible dentro y fuera de sus fronteras.
No existe un único código universal que determine el significado de cada color o figura. Las interpretaciones pueden variar según la comunidad, la familia y la tradición local. Lo que permanece es su función decorativa y simbólica dentro de una celebración que transforma el recuerdo de la muerte en una expresión de cariño y pertenencia.
Una tradición que no se deja llevar por el olvido
En México, la muerte se recuerda con pan, música, flores, relatos y mesas preparadas para quienes siguen presentes en la memoria. El papel picado se suma a ese lenguaje colectivo: es frágil, ligero y pasajero, pero cada año regresa a las casas para anunciar que se acerca uno de los momentos más significativos de nuestra cultura.
Por eso, cuando una hilera de papel picado se agita sobre una ofrenda, no hace falta atribuirle poderes mágicos para sentir que hay algo especial en la escena. Basta con mirar las manos que lo elaboraron, las historias que inspiraron sus diseños y los nombres de quienes serán recordados frente al altar.
Quizá ese sea su misterio más profundo: no abrir literalmente una puerta al más allá, sino mantener abierta la puerta de la memoria.
Y mientras el viento mueva sus figuras durante las noches de Día de Muertos, México seguirá contando, a su manera, una historia que se niega a desaparecer: la de quienes se fueron, pero continúan viviendo en el corazón de los suyos.















