Hay historias que nacen para entretener a las niñas y los niños, y otras que nacen de una necesidad mucho más profunda: que alguien pueda sentirse visto.
El Topo de Topiteca, de Daniela Morales de la Fuente, cuenta la historia de una niña mitad humana y mitad topo. Una criatura fantástica que, detrás de sus particularidades, guarda una pregunta que también atraviesa la vida real: ¿qué pasa cuando el mundo no sabe cómo mirar, escuchar o comprender a alguien que es diferente?
La autora encontró en la fantasía una manera de acercarse a un tema que durante mucho tiempo ha estado rodeado de desconocimiento: el Síndrome de Rett, una condición que forma parte de la experiencia de vida de su hija Javiera.
Pero el cuento no busca que la discapacidad sea vista desde la lástima. Su intención es otra: abrir una puerta para hablar de diversidad, inclusión y de la necesidad de aprender a mirar más allá de aquello que una persona no puede hacer.
Una historia nacida del amor de una madre
Daniela explica que escribió el cuento pensando en su hija, para que algún día pudiera saber que, aunque muchas veces el mundo no supiera mirarla y se quedara únicamente con aquello que hay detrás de la discapacidad, ella sí podía verla.
Y esa mirada es quizá el corazón de la historia.
La autora también dedicó El Topo de Topiteca a las niñas que viven con Síndrome de Rett, a quienes describe como niñas mágicas que muchas veces tienen que desenvolverse en un mundo que todavía no sabe cómo escucharlas ni cómo darles el lugar que merecen.
Su deseo es que el cuento les recuerde, tanto a ellas como a quienes las acompañan, algo que debería parecer sencillo, pero que todavía necesita ser repetido: son valiosas, son extraordinarias y su diferencia no les quita nada.
Al contrario, forma parte de aquello que las hace únicas.
Así, entre personajes fantásticos y la imaginación de la infancia, El Topo de Topiteca propone volver a una idea que quizá de adultos olvidamos: antes de aprender a juzgar las diferencias, alguna vez aprendimos a conocer el mundo a través de los cuentos.
Y tal vez por eso esta historia tiene algo de nostalgia. Porque nos recuerda que un cuento infantil también puede ser un lugar seguro para decir aquello que a veces los adultos tardamos demasiado en entender: nadie debería tener que parecerse a los demás para merecer ser visto, escuchado y querido.













