El pequeño enclave español de Ceuta, en la costa norte de África, se ha convertido en las últimas horas en el escenario de una nueva oleada migratoria masiva. Miles de personas, en su mayoría marroquíes, han logrado entrar al enclave sorteando los rompeolas y nadando desde playas cercanas a la frontera. Al menos nueve migrantes han muerto en el intento, según los primeros reportes.
Imágenes difundidas desde el lugar muestran largas filas de hombres jóvenes —aunque también familias completas con mujeres y niños— caminando junto a los espigones de una playa urbana, para luego integrarse a las calles de la ciudad. La avalancha ha obligado al gobierno español a desplegar efectivos militares para apoyar a la Guardia Civil en el control del perímetro, mientras se espera la visita del presidente Pedro Sánchez este viernes.
Un punto caliente con historia diplomática compleja
Ceuta, que pertenece a España desde 1580, es una ciudad de unos 85, 000 habitantes donde conviven comunidades cristianas y musulmanas, así como trabajadores españoles y marroquíes en relativa armonía. Sin embargo, su estatus sigue siendo objeto de disputa: Marruecos no reconoce la soberanía española sobre Ceuta ni sobre Melilla, el otro enclave europeo en territorio africano, a 400 kilómetros al este y suele referirse a ellos como “territorios ocupados”.
Ambas ciudades son los únicos pasos fronterizos terrestres entre la Unión Europea y el continente africano, lo que las convierte en puertas de entrada codiciadas para quienes huyen de la pobreza o la violencia en busca de una vida mejor en Europa.
Tensiones que se reavivan
La crisis actual recuerda la vivida en mayo de 2021, cuando Rabat retiró sus controles fronterizos y permitió que cerca de 8,000 personas, muchas de ellas subsaharianas, entraran a Ceuta en apenas 48 horas. En aquel momento, la comunidad internacional interpretó la medida como una represalia de Marruecos por la decisión de España de acoger a un líder independentista del Sahara Occidental para recibir atención médica.
Las relaciones entre Madrid y Rabat no se normalizaron hasta que el presidente Sánchez dio un giro en la posición histórica de España sobre el Sahara Occidental y se reunió con el rey Mohamed VI al año siguiente. Ahora, la pregunta que flota en el ambiente es si este nuevo episodio responde a un nuevo pulso diplomático o a un movimiento espontáneo de la migración irregular.
Ceuta y Melilla están protegidas por vallas de alta seguridad, pero eso no ha impedido que cientos de personas intenten saltarlas o rodearlas por mar cada año. Los migrantes que logran llegar son a menudo devueltos de inmediato a Marruecos, aunque algunos son derivados a centros de acogida donde pueden tramitar solicitudes de asilo en España.















