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Entre el lodo y los recuerdos: así resisten las familias de Poza Rica

Seis días después de la inundación, las calles siguen cubiertas de barro y las pérdidas materiales son totales, pero la comunidad se mantiene en pie gracias al apoyo del Ejército y la solidaridad ciudadana

En las calles donde antes corría la vida, hoy corre el lodo. El silencio huele a humedad y pérdida; las ventanas abiertas ya no son ventilación, sino heridas…

Son seis días desde que el Río Cazones rebasó sus fuerzas y devoró hogares, talleres, recuerdos y negocios enteros. Es así como en las colonias de Poza Rica, Veracruz, la tragedia sigue viva entre montones de muebles rotos y la esperanza que se resiste a morir.

La periodista Zeltzin Juárez, directora de Comunicación de Noticias de Frente, recorrió la zona documentando cómo luce la vida después del desastre: las calles convertidas en pantano, familias limpiando con lo que tienen a la mano y el Ejército Mexicano aplicando el Plan DN-III-E para rescatar lo poco que quedó en pie.

El camino no fue fácil. Conforme más se interna uno hacia la ribera, más difícil es avanzar: primero en vehículo, luego a pie, después casi a tientas sobre el barro espeso que traga los pies hasta la rodilla. Algunas zonas solo son accesibles a bordo del HUMVEE, el vehículo militar de alta movilidad.

“Ahora sí no nos dejó nada”

En la primera vivienda, el señor Arturo muestra los estragos: alrededor de 70 centímetros de agua dentro de su casa, autos del taller familiar completamente llenos de lodo; así como ropa, electrodomésticos y recámaras inservibles.

“En media hora se salió el río. No nos dejó nada. Ahora fueron 6 o 7 cuadras las que alcanzó, y no hubo manera de sacarlo todo a tiempo”, relata, agotado, mientras muestra la marca del agua que aún se distingue en la pared.

La ayuda comenzó a sentirse —dicen vecinos— hasta que la presidenta de México arribó a la zona y se agilizó la entrada de maquinaria. Aun así, la mayoría coincide: quienes primero y más han trabajado son los soldados, la Guardia Nacional y ciudadanos solidarios de otros municipios.

El muro que devolvió el desahogo

En otro punto del recorrido, Zeltzin fue testigo de un momento clave: el derribo de un muro de contención frente al cárcamo, lo que permitió que el agua acumulada por días finalmente comenzara a desfogar hacia el río.

“Fue el Ejército quien habilitó el canal para que el agua dejara de subir”, explicó el señor Emmanuel, vecino del lugar. “A partir de aquí, ya por fin empieza a bajar”.

Una casa más adelante, otro vecino —cansado, pero firme— muestra lo poco que quedó en pie:

“La ayuda del Ejército sí llegó. Yo vivo solo con mi esposa y si no fuera por ellos no sabríamos ni por dónde empezar. Nos salvó que alcanzamos a salir… lo demás, pues ya se fue”.

En cada vivienda, los relatos se parecen: negocios destruidos, ropa perdida, electrodomésticos inservibles, documentos arruinados. Algunas familias lo perdieron todo por segunda vez; otras llevan casi una semana durmiendo en casa de parientes o en improvisados refugios.

Una de las historias más duras es la de la señora Takia, quien además de su casa perdió su pequeño negocio de productos de limpieza y servicios. Aún no puede volver a su vivienda: el nivel del lodo dentro llega a medio metro.

“Me tardé 34 años en tenerlo todo… y en un día lo perdí. Pero hay que volver a empezar”.

Lo que falta

Entre la devastación hay algo que se repite en boca de todos: lo que más hace falta no es lujo ni comodidad, sino dignidad mínima:

  • Ropa interior
  • Ropa para hombre (es la que menos llega)
  • Calzado
  • Artículos de higiene personal (jabón, cloro, pasta dental)
  • Colchonetas o catres
  • Transporte para poder salir a comprar

También hay temor: el lodo oculta lo que quedó dentro de las casas, y por las noches se denuncian robos.

Donde no llega el gobierno… llega el prójimo

Mientras el Ejército limpia casa por casa y la maquinaria abre paso en las calles, son otras familias —gente común que viene desde Papantla, Monterrey o comunidades cercanas— quienes reparten comida caliente, agua, ropa y consuelo.

Con una olla de puchero y refrescos en la mano, una voluntaria resume la solidaridad que sobrevive entre el desastre:

“Venimos con lo poquito que tenemos, para la gente que hoy no tiene nada. Dios nos lo multiplica”.

Las calles aún huelen a humedad y desesperanza, pero también a resistencia. El río arrebató muebles, paredes y recuerdos, pero no logró llevarse la voluntad de levantarse.

La reconstrucción tomará meses, tal vez un año —o más—, como recuerdan los sobrevivientes de la inundación del 99.

Pero siguen aquí. Con el corazón lleno de lodo, sí… pero también de fuerza.

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