Opinión

¡Un acompañante sorpresa!

Columna de la periodista Zeltzin Juárez.

Columna: “Entre líneas y aventuras”

Realizamos un viaje a Egipto que planeamos desde diciembre de 2023. Con emoción, viajamos a finales de febrero. Fueron 10 horas a París, para luego dirigirnos a El Cairo. Todo iba muy bien, aunque había cansancio debido a la espera en aeropuertos, el cambio de horario y estar sentados mucho tiempo. Pero por fin pudimos observar arena en el paisaje, a través de la pequeña ventanilla del avión. ¡Habíamos llegado! Aterrizamos en el aeropuerto de El Cairo aproximadamente a la 1 am. Desde que bajamos del avión todo era diferente; ya no estábamos en América, mucho menos en nuestro México lindo y querido. Habíamos atravesado todo el Atlántico para llegar a un continente lleno de historia y magia: África.

Día 1

El taxi nos llevó a donde pasaríamos los siguientes 8 días, un pequeño hotel situado arriba de un lugar donde vendían “shawarmas”. Pongan mucha atención aquí porque este alimento del Medio Oriente me marcó, no sé si toda la vida, pero al menos hasta ahora todavía lo recuerdo y siento cosas raras en el estómago. La shawarma es un plato de la gastronomía del Medio Oriente que se prepara cortando pequeñas rebanadas de carne, regularmente de cordero o pollo, apiladas en un cono vertical, igual que el pastor acá en México, pero con un sabor completamente distinto.

El hotel, a pesar de ser pequeño, era un lugar muy cómodo y agradable. Olía de una manera peculiar; después descubrí que se trataba de “Lotus”, un aceite a base de flor de loto, una flor que los antiguos egipcios cultivaban en estanques y que creían que les daba fuerza y poder. Un olor presente hasta en la tumba de los grandes reyes faraones de aquella época, pero ya llegaremos a esa parte. Dormimos muy bien, era evidente el cansancio que teníamos. Las sábanas y cobijas, a pesar de verse desgastadas, estaban limpias y eso en cualquier lugar que no conoces se agradece.

Ya nos habían dicho algunos amigos que no nos sorprendiéramos ni asustáramos porque al ser un país de musulmanes rezaban 5 veces al día: al amanecer, al mediodía, en la tarde, al atardecer y en la noche. Las 500 mezquitas en la ciudad sonaban al mismo tiempo, con hombres (sí, solo hombres) rezando al mismo tiempo, en voz alta en árabe. Era sin duda un sonido diferente al que no estábamos acostumbrados. La primera vez que lo escuché no pude evitar sentir un poco de escalofríos en el cuerpo, pero creo que es una reacción normal a algo que no has escuchado en tu vida. Después, como en todo, la mente y los sentidos se van acostumbrando. Además, debe ser prioridad el respeto hacia una nueva cultura, fe y costumbres.

Como toda buena y típica mujer de 31 años, vanidosa, ya había preparado un outfit para cada día: vestidos, pantalones, blusas, sandalias, botas, y hasta unas botas especiales de explorador que compramos en Discovery Channel. Indiana Jones se quedaba corto. Al otro día quise estrenar un vestido verde azulado que me llegaba hasta los tobillos, de manga larga, ajustado pero no tanto, muy cómodo y fresco, y unas sandalias. Mis sandalias negras de batalla, que hasta me acompañaron en una gira de cobertura política. Unas sandalias que encontré en oferta, como suelo encontrar muchas cosas buenas y a buen precio. De plataforma, que tal vez a muchos les parecen exageradas, pero que son sumamente cómodas. Vaya, hasta puedo correr con ellas, puedo saltar, caminar sobre piedras, hasta volar siento que puedo jaja. En fin, ahí estaba mi look para ese primer día: cabello suelto y un maquillaje natural, solo los ojos con un poco de delineador y rímel. Salimos a conocer el centro de aquella ciudad que ya habíamos visto en documentales y películas. Era un caos, sí, en la cuestión del tráfico, de la falta de semaforización y del interminable ruido del claxon de los autos y camiones. Aún reímos cuando recordamos el sonido de aquella bocina que todo, todo, todooo el tiempo presionan los egipcios.

Cuando salimos a la calle, me percaté de que toda la gente a mi alrededor, hombres y mujeres, me volteaban a ver. No quiero sonar pretenciosa, para nada, pero sí me di cuenta de que las mujeres en El Cairo no lucían como yo iba vestida, y mucho menos traían el cabello suelto al aire como yo. En cambio, estaban cubiertas con una túnica negra que les llegaba hasta los tobillos, o usaban jeans, blusas o chamarras flojas y cubrían su cabello con el famoso “hiyab”, una especie de pashmina o mascada que daba varias vueltas a su cabeza y que lograba cubrir en su totalidad sus cabellos. Caminamos una avenida larga buscando un lugar para desayunar. Estaba emocionada porque sabía que el café del Medio Oriente era buenísimo y como buena cafetera que además gusta de tomar café sin nada de azúcar, tenía que probarlo. Pero antes teníamos que comprar un chip especial para poder tener al menos internet en este país. Era tanto el hambre y la emoción de averiguar qué platillos nuevos nos esperaban que decidimos priorizar el desayuno. Pero en el camino noté que alguien iba detrás de nosotros. No quise ser paranoica, y a lo mejor era alguien que simplemente se dirigía al mismo lugar que nosotros. Pero casi al llegar a una esquina sentí una palmada en medio de mis glúteos. Lamentablemente no puedo decir que era algo nuevo. En México y creo que en todo el mundo, millones de mujeres hemos experimentado esa sensación al menos una vez en nuestras vidas. Fue bastante incómodo, penoso, raro; me dio coraje, tristeza, muchas emociones en pocos segundos. “C” lo único que hizo fue apartarlo de mí con un fuerte empujón. Lo detuve antes de que pudiera escalar a algo mayor, y es que no quería que ese viaje y nuestro primer día estuviera marcado por algo tan vergonzoso. Aquel joven de menos de 25 años se limitó a decir “sorry”, y decidí pasar el trago amargo y continuar nuestro destino.

Al fin encontramos un restaurante de sillas rojas, decidimos entrar y ordenar café egipcio, pan y huevos. Todo estuvo riquísimo, los huevos un poco condimentados y con bastante jitomate, el pan de consistencia rara pero rica, y el café ni se diga, un sabor bastante fuerte pero en el que podías distinguir el sabor a cardamomo y canela. Decidí platicar con “C” cómo me sentía ante lo ocurrido minutos antes. Solté unas cuantas lágrimas y asunto olvidado. Es bueno desahogarse y que alguien te consuele y escuche. Hay muchos detalles que me encantaría contarles de esos primeros días, pero esto es una columna y pareciera que escribo un libro.

Día 2

Vayamos al día 2, donde ya salí preparada con un pantalón de mezclilla, una blusa larga y un “hiyab” sobre mi cabeza. Quería que las mujeres de aquel país no se sintieran enojadas o que me miraran con sorpresa por no respetar sus costumbres. Y sí, al usarlo me sentí cómoda, guardé la melena un rato. El segundo día fuimos al Gran Museo Egipcio de El Cairo, simplemente impresionante. Les invito a que vayan a ver mis fotos e historias en mis redes sociales, sobre todo en Instagram y Facebook. Todo fue asombroso, espectacular, divino, interesante. Además, tuvimos una mujer egipcia guía de turistas que nos explicó hasta el último detalle de cada pieza importante de aquel magnífico museo. Sin duda lo más impresionante fue presenciar la máscara y féretro del rey Tutankamón, que murió muy joven pero cuyo tesoro invaluable de oro está en este grandísimo e imponente lugar.

Esa mañana me desperté sintiéndome rara, sí, rara, como que de un día a otro no era yo. No tenía mucha hambre, no se me antojaba el café. Al ver el pollo bajando del hotel en aquel lugar donde vendían shawarmas, me entró una sensación incontrolable de náuseas y de devolver el estómago. Simplemente en menos de 8 horas TODO, TODO había cambiado. Pero se lo atribuía, o más bien se lo atribuimos, a todos los cambios geográficos y de horarios. Aunque había algo que seguía esperando y no llegaba, aquello que a las mujeres nos llega mes con mes, desde los 11-12 años: mi periodo. Y en mi caso era aún más extraño, pues soy una mujer que parece reloj y aquello no me falla todos los meses. Pero igual, tal vez ese retraso se debía a todooo el cambio.

Los siguientes días transcurrieron como se debería de vivir un viaje a Egipto. Recorrimos las pirámides de Giza, conocimos la Gran Esfinge, nos subimos al camello, tomamos un vuelo a Luxor para conocer el Valle de los Reyes, donde se encuentran las tumbas de los grandes reyes y las grandes reinas de aquella civilización que hace 5 mil años era de las más poderosas del mundo. También fuimos a Alejandría, el sueño de “C” por conocer la tierra del gran Alejandro Magno. Una ciudad muy pobre y vieja, pero que sigue albergando esa magia y que espero algún día pueda recuperar su esplendor. Todo era maravilloso, pero mis síntomas extraños iban en aumento. Ahora también sentía más cansancio de lo normal. Era extraño, extraño, extraño. He tenido a lo largo de mi vida jornadas pesadas y largas de trabajo y nunca había sentido un desgaste físico tan significativo. Pero en Alejandría festejamos el cumpleaños 35 de “C” en un lugar de pescados y mariscos. ¡Qué delicioso lugar! (además de que tú puedes escoger tu propio pescado). El sabor del Mediterráneo era totalmente único.

“C” festejó su cumpleaños con sus típicos, pero no tan típicos, camarones que siempre pide y apagó sus velitas sobre unas bolas de helado, además de escuchar las mañanitas en árabe, con una melodía bastante animada pero nueva para nuestros oídos. Por primera vez no escuchábamos a Cepillín o Alejandro y Vicente Fernández. Yo, después de varios días sin comer más que fruta, y es que en El Cairo abundan las juguerías y recauderías pues son un país rico en fresa, mandarina, plátano, kiwi, ufff, y ahora mi cuerpo, que sufría con un cambio tan radical, solo toleraba alimentos “frescos”. Pero esa noche sí cené un buen caldo de camarón con su limoncito y salsa. Mi cuerpo y yo, que no sabíamos qué diantres nos pasaba, lo agradecimos. Me cayó de maravilla.

Esa noche en Alejandría pasamos un frío tremendo, y es que como en el desierto, hay mucho calor de día pero las noches suelen ser heladas. Así que mi cuerpo en general se sentía mucho peor. Era fabuloso todo lo que estábamos pasando y viviendo, pero el cuerpo no se sentía al 100, aunque lo disfruté como si nada de lo nuevo que estaba sintiendo por dentro estuviera ocurriendo.

Qué impresionante la ciudad de Luxor, las columnas en el Templo de Karnak. De verdad, vayan a ver mis redes sociales, esto está a nada de convertirse en el primer capítulo de un libro jaja.

También realizamos un paseo por el río Nilo. Nos ofrecieron té de menta. Allá acostumbran durante el día estar tomando café y té, pero tampoco el té me caía muy bien. ¡Qué maravilla y privilegio recorrer una pequeñita parte del gran río Nilo que alberga muchas historias y para los que creemos en Dios y en la Biblia, testigo y prueba de grandes milagros! Yo estaba encantada, aunque repito, algo raro pasaba dentro de mí. La última tarde en Luxor comimos en un barquito en el río Nilo. Comí un poco de verduras y, como acostumbro, parte de mi plato se lo terminó comiendo “C”. Lo que sí vendían en ese pequeño restaurante era cerveza, así que no dudamos en pedir una. Tal vez eso era lo que necesitaba jaja, pero no, todo siguió igual después de beber aquella deliciosa cerveza hecha en Egipto.

En las noches platicamos “C” y yo de las probabilidades de que podía tener. Obviamente, entre ellas no estaba para nada descartado un embarazo. De hecho, poco a poco fue ganando al “tal vez es el cambio de horario, un poco de estrés y que no has comido bien”. Aún nos resistimos a pensar que se podía tratar de un ser perfecto y hermoso creciendo dentro de mí.

Llegó el día de partir, empacar y partir, y como en todo viaje que termina hay nostalgia y sentimientos encontrados. Pero también era hora de regresar. Los viajes también cansan y ya era tiempo de volver a comer pozole, tacos de pastor y suadero, frijolitos negros y una buena salsa. Y yo era a la que más le urgía comer. Tenía mucha, mucha hambre, pero ahora no era fácil probar algo sin sentir náuseas.

Volamos de El Cairo a París. En el avión nos ofrecieron comida, pero no probé ni un bocado. Me limité solo a tomar jugo y un pedazo de galleta.

Llegó la hora de esperar en París el vuelo que nos regresaría a casa, así que ahí decidí aventurarme a volver a probar el café. ¡Cielos! Cómo era posible que siendo fan del café ahora fuera todo un reto. Pero me puse feliz al tomarlo sin problema acompañado de un crujiente chocolatín. A pesar de que fue en una cafetería del aeropuerto, el café y pan parisino no tienen desperdicio. No sentí molestias durante la espera, y eso me ponía feliz, pero duró poco. En el vuelo de regreso, que fue de 13 horas, la pasé mal, muy mal. Las náuseas, el olor de la comida empaquetada que te ofrecían, las pequeñas turbulencias, tanta gente, ¡Ay Dios! ¡Qué payasa me había vuelto! Solo quería llegar y descansar. Vi 4 películas que al menos me distrajeron un rato: una con Al Pacino, otra con Leonardo DiCaprio, una de King Kong y una de Robin Williams. Los paisajes por la ventana eran aún más bellos, y es que por la rotación de la Tierra (que no entendía muy bien hasta que me explicó “C” que es fan de los aviones y mapas), ahora dimos una vuelta hasta el Polo Norte. Sí, pasamos Groenlandia y fue fabuloso ver por la ventana un paisaje totalmente blanco que brillaba con la luz del sol. Por fin llegamos a la CDMX a las 4:30 pm. Salí del avión y me dirigí inmediatamente al sanitario (ya saben lo que pasó), me eché agua en la cara y cabello. Mi rostro no era el mismo, tenía ojeras, sueño, la boca seca. Eso no era normal, tenía que ir al doctor de inmediato.

Llegamos a casa y pedimos pozole, y cuál fue mi sorpresa que tampoco mi tan esperado y anhelado pozole me caía muy bien. Me dormí y agradecí a Dios por estar en una cómoda cama conocida y en mi tierra.

Al otro día, “C” compró una prueba de embarazo. Ya era necesario y urgente saber qué pasaba. Si salía positivo, era obvio por qué me sentía así, pero si salía negativo, entonces sí tenía algo muy malo. La prueba me la hice en la madrugada: POSITIVO (2-3 semanas de embarazo). ¡BOOM! Todas las emociones se encontraron en ese instante dentro de mí, pero la felicidad y emoción eran las que predominaban. Así me entendí, entendí a mi cuerpo y lo abracé:

“Ahora entiendo todo cuerpecito, te quiero mucho, gracias por aguantar tanto,” me dije a mí misma.

Y de aquel 5 de marzo a la fecha, la bomba de hormonas y cambios químicos a los que se somete una mujer al estar creando un ser dentro de ella, es un MILAGRO, una belleza que solo DIOS puede hacer. Así que si quieren saber cómo continúa esta historia, con este o esta belleza de mi ACOMPAÑANTE SORPRESA, no se pierdan la siguiente columna…

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