El Papa Francisco fue sepultado en una ceremonia privada este viernes, tras un multitudinario funeral en la Plaza de San Pedro y una procesión por las calles de Roma que congregó a cientos de miles de fieles y líderes mundiales.
El pontífice, fallecido el 21 de abril a los 88 años por un derrame cerebral e insuficiencia cardíaca, recibió un último adiós acorde a su legado de humildad: un sencillo ataúd de madera, transportado en el papamóvil modificado, fue enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, su iglesia favorita. Su tumba, sellada al público, lleva solo la inscripción “Franciscus”.
Entre los asistentes destacaron el príncipe Guillermo del Reino Unido, los presidentes Donald Trump (EE.UU.), Lula da Silva (Brasil) y Emmanuel Macron (Francia). Zelenski recibió aplausos espontáneos de la multitud, en un gesto de apoyo a su país.
Se murió el Papa Argentino, pero el único presidente de sudamérica que lo despidió a cajón abierto fue un Brasilero. Perdón, Francisco. Gracias Lula Da Silva.
Según la Casa Blanca, Trump y el ucraniano Zelenski mantuvieron una “discusión productiva” antes de la ceremonia, su primer encuentro desde las tensiones de febrero.
El ataúd, expuesto tres días en la Basílica de San Pedro (donde 250,000 personas le rindieron tributo), fue llevado en procesión durante una misa dirigida por el decano del Colegio Cardenalicio, Giovanni Battista Re. Italia desplegó un operativo de seguridad sin precedentes para proteger a los asistentes.
Francisco, el primer papa latinoamericano (nacido en Argentina como Jorge Mario Bergoglio), será recordado por su papado reformista y su compromiso con los marginados. Su última jornada reflejó, como él deseaba, simplicidad y cercanía al pueblo.















