Un joven llega a casa después de un día agotador, se sienta en su habitación y se queda en silencio. Afuera, la ciudad sigue su ritmo, pero dentro de esas paredes, el peso de la ansiedad, la depresión y la soledad se vuelve insoportable…
Historias como esta, aunque invisibles, se reflejan en las cifras más recientes del INEGI: en 2024, 8 mil 856 personas en México perdieron la vida por suicidio, con una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes, superior a la registrada en años anteriores.
Aunque el fenómeno afecta principalmente a los hombres, con 6 mil 603 casos y una tasa de 11.2 por cada 100 mil, pero también afecta a las mujeres: mil 519 mujeres murieron por suicidio en 2024, con una tasa de 2.6 por cada 100 mil.
Los grupos de 30 a 44 años y de 15 a 29 años concentran la mayor incidencia, mientras que más de la mitad de los fallecidos mayores de 15 años eran solteros y el 73 % realizaba alguna actividad laboral.
Chihuahua, Yucatán y Aguascalientes presentan las tasas más altas, mientras que Guerrero y Chiapas muestran cifras más bajas, aunque ninguna región está exenta del problema.
A nivel global, la magnitud del suicidio es aún más evidente. Cada año, según la ONU, más de 720 mil personas se quitan la vida, y por cada muerte consumada, muchas más intentan suicidarse.
Es la tercera causa de defunción entre jóvenes de 15 a 29 años, y el 73 % de los casos ocurre en países de ingresos bajos y medianos. Factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales, así como crisis económicas, conflictos familiares, enfermedades crónicas y aislamiento social, contribuyen a que muchas personas lleguen a este extremo.
En México, la mayoría de los suicidios ocurren en la vivienda particular (68.9 %), y los métodos más frecuentes son el ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación (85.2 %), seguidos por armas de fuego (5.6 %) y envenenamiento (5.1 %). Cada pérdida deja cicatrices profundas en familias, amigos y comunidades.
Una luz de esperanza
La prevención es posible. La OMS, a través de la guía Vivir la vida, propone acciones concretas: restringir el acceso a medios letales, capacitar a los medios para informar responsablemente, fortalecer habilidades socioemocionales en jóvenes y detectar tempranamente conductas suicidas, ofreciendo acompañamiento profesional.
Estas intervenciones deben implementarse de manera integral, involucrando salud, educación, justicia, medios de comunicación y todos los sectores de la sociedad.
Hoy, el llamado es claro: abrir el diálogo, reconocer las señales de alerta y acompañar a quienes atraviesan crisis no es opcional, sino necesario. Cada conversación puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
La estadística alarma, pero también enseña: prevenir el suicidio es responsabilidad de todos, y actuar a tiempo puede salvar vidas.















